El espacio y tiempo (Universo)

El espacio y tiempo (Universo)


Hola T!, hoy les traigo un par de imágenes que recompilé de el Universo.





Esto lo encontré [urlhttp://lacomunidad.elpais.com/temple/2009/1/17/el-origen-del-universo-ciencia-y-creencia-cristiana-]acá y me pareció interesante[/url]

Lo que transcribo, a continuación, salvo las imágenes, son extractos de un texto del Grupo de Investigación sobre Ciencia, Razón y Fe (CRYF), de la Universidad de Navarra, que podéis consultar en http://www.unav.es/cryf/origenuniverso.html

Dicho escrito, de Héctor L. Mancini, está dedicado a comentar las diapositivas que presentó el Prof. Carlos Pérez García, del Departamento de Fisica y Matemática Aplicada, en sus dos conferencias del seminario “Ciencia, Razón y Fe”, que tuvo lugar en la primavera del año 2005.

Podéis, asimismo, ver una presentación de dichas diapositivas, de las cuales he incorporado también algunas imágenes, en http://www.unav.es/cryf/origenuniverso.swf

A. El origen del universo físico

La consideración rigurosamente científica del origen del universo físico es un problema relativamente nuevo. Sin embargo, su incorporación al pensamiento humano puede considerarse como muy antigua. Aunque nuestros conocimientos sobre la historia humana oral y escrita tienen menos de 5.000 años, se desprende de distintos datos arqueológicos que el hombre tiene preocupación por el mundo en el que vive y se forma ideas sobre el universo como un todo, desde mucho antes. Podemos afirmar que los rastros se pierden en el tiempo.

Para presentar su nueva dinámica, Newton, por ejemplo, introdujo la idea de que el universo no tiene necesidad de un origen en el espacio o en el tiempo, aunque podría tenerlo.

Con la relatividad general quedaron firmemente sentadas las bases sobre las cuales deberían construirse los nuevos modelos cosmológicos. Einstein, como todos los grandes científicos anteriores, continuó creyendo en un universo estático e inmutable.

En el primer cuarto del siglo pasado, se abandona la hipótesis de un universo estático, el problema cosmológico relativista conduce a infinitas soluciones en las cuales el espacio varía en función del tiempo. Por lo tanto, surgen muchas posibilidades para considerar un universo en evolución.

En las primeras dos décadas del siglo XX la calidad de los datos astronómicos aumentó notablemente gracias a la mejora en el diseño y construcción de los telescopios. En consecuencia, el universo conocido aumentó sorprendentemente de tamaño y todas las teorías científicas, mayoritariamente aceptadas por su demostración astronómica, opinaban que, considerando el flujo del tiempo hacia atrás, el universo actualmente en expansión, debió partir de una altísima densidad de masa y energía concentrada en un solo punto.

Con esta idea, por primera vez, la ciencia comienza a considerar con su método el problema de la existencia de un “origen” para el universo; un problema que ya tenía una larga tradición en el pensamiento teológico y filosófico. Es de notar también, que ese origen coincide con el del tiempo y del espacio, que dejan de ser separables.

El científico y sacerdote belga George Lemaître llevó las cosas más allá y anticipó que si el universo actual se está expandiendo, retrocediendo en el tiempo, como quien vuelve una película hacia atrás, el universo debió haber comenzado en un punto singular donde se concentraba toda la materia y la energía. Lo denominó: el “Átomo primitivo” y supuso un origen común para el tiempo y además para el espacio. En 1950 Lemaître presentó un libro condensando su pensamiento titulado “ La hipótesis del átomo primitivo: un ensayo de cosmogonía”.

Bajo el punto de vista de la ciencia, considerar un origen simultáneo para el tiempo y el espacio significa considerar un tiempo cero a partir del cual el espacio nace, se va expandiendo y el universo aumenta de tamaño a medida que transcurre el tiempo. Según los distintos modelos, cuando se consideran los detalles, esa expansión tendrá distintos efectos y duraciones. Pero por encima de todos ellos, el dato concreto de la expansión ya se considera una evidencia experimental, que se puede determinar.

Cuando formuló la atrevida hipótesis evolutiva del “atomo primitivo” introdujo dentro de la ciencia la idea más importante que tenemos hoy sobre la evolución del universo. Según esta teoría, el universo debió comenzar a partir de una especie de átomo elemental, extremadamente denso, y pequeño, que evolucionó mediante una gigantesca explosión y cuyos fraccionamientos y agrupamientos sucesivos constituyen el universo que observamos hoy.

Este modelo evolutivo resultaba poco atractivo para algunos físicos, pues permitía a los filósofos remontarse a una “Causa Primera” para todo el Universo, a una “Creación”, lo que parecía sacar fuera de la física el problema del origen. La teoría se presentaba entonces como una alternativa poco convincente frente al modelo estacionario de Einstein, que fue enriquecido con algunas aportaciones posteriores.

Los cosmólogos han podido calcular muchos parámetros del universo con estos datos, con los del telescopio espacial Hubble y los del satélite COBE de 1989.

Los datos experimentales han confirmado que la expansión existe, es acelerada y pocos científicos piensan hoy en la posibilidad de un modelo estacionario para el universo. Por lo cual, la teoría de una regresión final (o “Big – Crunch”) tiene actualmente muy poca aceptación.

La evolución del universo como ha sido descrita (con la relatividad general junto con el “modelo standard” de partículas elementales), también es aceptada hoy por la mayoría de los científicos y especialistas.

Pero esto no debe hacer pensar que se sabe todo sobre el origen del universo y su futuro. Para estimar su evolución futura, se trabaja sobre prolongaciones analíticas de las teorías actuales. En estos casos de proyección a tan largo plazo, se sabe que la ciencia suele describir muy bien los procesos anteriores y la probable continuación de los mismos. Pero poco puede decir la ciencia frente a la posibilidad de nuevos fenómenos emergentes, nuevos descubrimientos o resultados inesperados en la observación, una situación que ha sido normal en su historia. Por ejemplo, hoy se piensa que la mayor parte de la materia que forma el universo es “materia oscura”, de la cual no se sabe nada. Tampoco se sabe nada de la energía oscura, aunque no faltan teorías para todos estos casos.

Sí sabemos, “a ciencia cierta”, que el universo visible se expande y se enfría, y que algunas etapas de la gran explosión inicial tienen una verificación experimental muy firme. El resto, como ya se dijo, por ahora son especulaciones.

B. Los orígenes según la fe cristiana.

El panorama que hemos presentado hasta aquí se deriva del método científico.

El concepto de Universo que analizaremos en esta segunda parte proviene de fuentes muy distintas a la ciencia. En este caso, los conceptos sobre los cuales se debe razonar (y que como veremos, llaman a obrar en consecuencia), provienen de una experiencia espiritual en cuyo inicio se sitúa Dios mismo. Y Dios no es una idea filosófica. Para todos los monoteístas es una Persona. Es el Ser por excelencia, el único Ser Necesario, según el mismo se nos ha revelado: Dios es el que Es, es decir, el único ser que Es por sí mismo. Los demás somos seres contingentes, creados por Él.

Cuando afirmamos que somos seres contingentes, no introducimos ninguna novedad respecto de la visión anterior: para la ciencia, esto también es una evidencia. El hombre no ha creado el universo ni se ha creado a sí mismo, y por lo tanto, respecto de la naturaleza también somos contingentes. Pero en nuestra concepción religiosa hay una diferencia fundamental, Dios se sitúa por encima de la naturaleza, es tanto Creador de la naturaleza como Creador nuestro. En este sentido Dios es superior al destino, a diferencia de otras religiones de la antigüedad que, como la griega, suponían a sus dioses sometidos a éste.

El punto de partida, nuestra primera afirmación en este camino es, entonces, nuestro reconocimiento personal y la aceptación (al menos), de la posibilidad de existencia de ese Ser. Sin este paso no podemos avanzar ni entender la nueva concepción del universo que nos plantea la fe.

Ese paso de afirmación nunca es completo, no carece de dudas, ni es el único en la vida de un hombre. Podemos identificar y observar en otros seres humanos los avances y los retrocesos en el crecimiento de su relación con Dios. Una relación que se construye mediante la reflexión pero fundamentalmente, mediante experiencias espirituales en las cuales cada ser humano comienza a considerar por distintos caminos, que ese universo físico del cual él mismo forma parte, en el que se desarrolla y evoluciona, al cual se asoma con su pensamiento, tiene un sentido. Un sentido que como hombre puede llegar a comprender.

Entonces, la imagen que el hombre se forma a partir de la fe, no es la de un universo producto del azar ni de fuerzas ciegas y extrañas. Tiene un propósito establecido, una dirección de evolución hacia un fin determinado que lo justifica y lo trasciende. El hombre entiende que si bien él mismo es una criatura, una parte casi insignificante de la creación, su Creador se preocupa, gratuitamente, por su crecimiento y desarrollo dentro de ese sentido global que dio al universo.

Dios no fuerza la libertad humana, el hombre tiene en cada etapa de crecimiento personal la posibilidad de aceptarlo o de negarlo, de comprenderlo o rechazarlo.

En el comienzo de esta segunda explicación del origen del universo, el ser humano no involucra sólo su raciocinio; necesita aceptar personalmente que Dios le confiere un sentido maravilloso a esa realidad que él, como hombre, observa, sufre y modifica. Asume también que ese sentido escapa a su voluntad y que sobrepasa a la razón y al conocimiento humanos. El hombre no es autor del proyecto de la creación, pero puede escrutar sus huellas y formular teorías, que siempre dependerán de la revelación. Al cambiar su cultura con los tiempos, ese sentido sobre su destino no se le manifiesta de manera inmutable, de una vez y para siempre. Su interpretación se desarrolla en la historia y evoluciona según progresan los conocimientos humanos

Detrás de cada interpretación científica sobre el universo que los hombres construimos, cada vez de manera más compleja y perfecta, resplandecerá ese sentido que Dios le ha dado y vendrá a iluminar el conocimiento que nos forjamos con la razón. Recién comprendemos completamente la naturaleza cuando además de observarla con los ojos de la ciencia, vemos su sentido con relación al plan de Dios. Entonces se vuelve transparente e inteligible, inteligibilidad que no es obra humana, nos viene de Dios, del hecho de compartir con el resto de la creación el carácter de criaturas.

Al conjunto de esa explicación en la historia la llamamos Revelación, es la base del contenido de nuestra fe. Esa fe nos permitirá interpretar lo que el universo significa para el hombre cuando se le dota de sentido histórico, trascendente y escatológico. La revelación es a la fe, lo que el conocimiento es a la razón.

Ese conocimiento reconoce dos fuentes concretas: la Tradición y las Sagradas Escrituras. La Tradición oral, es anterior a las Sagradas Escrituras. Las sagradas escrituras recogen la revelación, en primer lugar, la que Dios otorga al pueblo de Abraham y de Jacob por medio de sus profetas, y luego, ya definitivamente, por medio de su Palabra encarnada: el Logos, Jesucristro nuestro Señor. A través de los discípulos que Él eligió, llega al pueblo de Dios, y por su intermedio debe llegar a todo el resto de la especie humana.

Volver al índiceLas ideas del Génesis

Las referencias al origen del universo en la Sagrada Escritura están al comienzo de su primer libro, “El Génesis”. En su capítulo I, primer versículo, la Biblia dice: “Bereshit bara Elhoim…”, es decir: “Al principio creó Dios el Cielo y la Tierra…”.

Dios: el Ser necesario, el que es por Sí Mismo, como le dirá luego a Moisés desde la zarza ardiendo, creó cuanto conocemos. Nadie en la Tierra podrá asignar a Dios un nombre humano, lo mejor que podemos decir de Él, nos lo ha revelado Él mismo: Soy el que soy. Nos ha creado y nosotros no podemos salvar ese abismo, y es Él quien toma la iniciativa.

Él ha creado el “átomo primigenio”. Ha creado la Tierra que estaba antes que nosotros, el Universo que estaba antes que la Tierra, y Él es antes que el Universo, el tiempo y el espacio. Esta idea de Dios, trascendente a toda idea, materia o energía que podamos pensar, está diseminada en toda la concepción bíblica vetero-testamentaria. Dios trasciende todo lo natural. Los textos de la revelación se multiplican: El Génesis II, 5-25, Los Salmos, 2 Macabeos VII, 28…

Esa concepción pasa completa al Nuevo Testamento. “De muchas maneras habló Dios a los hombres, hasta que envió a su propio Hijo”…, a su Palabra [S. Pablo]. Dios envía su Palabra a la Tierra. Pero su Palabra, ya existía desde antes de la creación.

Nos dice San Juan Evangelista en el siglo II (DC): En el Principio era el Verbo…[Jn. 1,1]. La palabra de Dios, el Cristo, era anterior al universo y Cristo es el prototipo del ser humano, el nuevo Adán. Esta revelación alcanza una dimensión que trasciende todo pensamiento: por una parte, Dios toma forma humana y asume esta naturaleza, pero por otra el hombre, encuentra su origen como naturaleza, antes de la creación.

La posibilidad que tenemos de entender ese sentido que para nosotros tiene el mundo natural, nos viene de la Palabra de Dios, que ya existía antes de la creación. Si hubo evolución, Dios conocía su resultado antes de su comienzo. Por lo tanto los hombres, nosotros mismos, fuimos pensados por Dios antes de la existencia del tiempo y estamos destinados aquí, en esta Tierra, al encuentro con Él.

Naturalmente, la Revelación no dice por que procedimiento fuimos creados, ni nos comunica datos científicos, tenemos la libertad para averiguarlo. La Revelación da sentido a nuestra vida y nos indica cómo debemos vivirla, porque simultáneamente, la libertad que Dios nos dio, nos fuerza a elegir en cada momento: podemos asumir nuestro destino y llenar nuestra vida de sentido o rechazarlo y vaciarnos de Él.

Más recientemente, durante el Concilio Vaticano I se vuelve a tratar el tema en profundidad y se establece entre otras cosas que: … “el universo es la obra excelente de un Dios bueno y sabio, que hizo todas las cosas con voluntad absolutamente libre”. Es decir, Dios no ha tenido necesidad de crearlo, la creación es una expresión libre del Amor Divino.

Había surgido una nueva visión científica que ponía en discusión la perspectiva religiosa sobre la creación del hombre, esta vez desde el naturalismo, contraponiéndola con la posibilidad de una continuidad evolutiva a partir de especies más simples, sometidas a procesos de selección natural (Darwinismo).

Rápidamente esta nueva propuesta científica fue considerada una demostración de que la consideración de la existencia de un creador, era totalmente superflua. Frente a la pretensión de anular la visión religiosa de la creación del hombre y del universo, la Iglesia se reafirma sobre los contenidos de la Revelación.

Es prudente destacar, que si bien desde sectores del evolucionismo se consideran ideas sobre el origen del hombre, en realidad no se habla del origen del universo. Y aún más, mucho más que del origen de la vida en el planeta, se trata de una teoría sobre la transformación de formas elementales de vida en formas más complejas

Volver al índiceDefiniciones más recientes

El Concilio Vaticano I define que: “Dios sostiene y gobierna todo lo creado mediante su Providencia”. La aclaración resultó necesaria frente a la reducción mecanicista que se desplegó desde las ciencias físicas durante el siglo XIX, a partir del desarrollo de la “Mecánica Racional” (de Laplace a Mach) y de la Termodinámica. Según estas concepciones reduccionistas, se podría llegar a admitir, válidamente para la razón científica, la existencia de un dios creador, que pone en marcha su creación del universo y luego la abandona a su suerte. O bien la de un panteísmo natural, un dios “relojero” universal que controla y participa en todos los movimientos del universo, es decir, lo que llamamos naturaleza.

Pero el gran documento del siglo XX es el Concilio Vaticano II. La cantidad de temas discutidos fue tan amplia y tan completa que no podían faltar las referencias a la creación del universo. La doctrina secular de la Iglesia hasta aquí expuesta aparece reflejada en numerosos trabajos discutidos por los padres conciliares que luego fueron publicados en distintos documentos particulares.

Son un ejemplo las constituciones conciliares tituladas “Lumen Gentium”, “Dei Verbum” y “Gaudium et Spes”. En ellas se remarcan: el misterio de la creación, la visión cristocéntrica de la misma, la colaboración del hombre, criatura singular de Dios, que actúa como continuador de la obra creada, o la relación existente entre la creación y el fin de los tiempos.

Los temas tratados en los documentos conciliares, por iniciativa del mismo papa que convocó el concilio, Juan XXIII, se discutieron en años posteriores para elaborar con ellos un catecismo que los pusiera al alcance de todos los fieles. De esta forma se incorporaron al pensamiento católico general y al Catecismo de la Iglesia Católica. El Catecismo, es un documento cuya redacción fue inicialmente recomendada durante el concilio, concretada durante el Sínodo de Obispos de 1985 y que conoció la luz bajo el Pontificado de Juan Pablo II, 30 años después de haber sido inaugurado el concilio.

En su primera parte, el Catecismo analiza la Profesión de Fe o “Credo”. Desde su primer capítulo proclama que el hombre es “capaz” de Dios y en el segundo, que es Dios quien viene al encuentro del hombre. Entre los puntos 279 y 301 analiza los orígenes del universo y destaca la importancia de una buena catequesis sobre estos temas.

La sucesión de los pontífices desde el concilio: Juan XXIII, Pablo VI o Juan Pablo II, en varios discursos a la Pontificia Academia de las Ciencias, precisaron los detalles de la doctrina de la Iglesia como lo habían hecho todos los papas anteriores.

También el papa Juan Pablo II, pidió perdón por los errores que pudieran haberse cometido en el denominado “caso Galileo”, como un acto de buena voluntad dirigido al mundo de la ciencia, para reafirmar la importancia que la Iglesia siempre le dado a esta actividad de la razón humana.

En 1998 Juan Pablo II publicó la encíclica Fides et Ratio (Fe y Razón), donde se plantea para esta relación el doble objetivo del diálogo y la autonomía que destacamos al comienzo de este artículo, que aclarara Santo Tomás y que reafirma lo establecido en el Concilio Vaticano I.

Las siguientes palabras de su santidad J. Pablo II destacan estos objetivos:

“Al expresar mi admiración y mi aliento hacia estos pioneros de la investigación científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial en el cuál los logros científicos y tecnológicos están acompañados por los valores filosóficos y éticos, que son una manifestación característica e imprescindible de la persona humana. El científico es muy consciente de que la búsqueda de la verdad… no termina nunca, remite a algo que está por encima del objeto inmediato de los estudios a los interrogantes que abren el acceso al Misterio”.

Desde el mundo católico, siempre ha existido una apertura a la ciencia, estableciendo los puentes necesarios para una comunicación serena y profunda de la verdad que cita su santidad Juan Pablo II en el apartado anterior. A pesar de algunos desencuentros, como el que se suscitó en torno al caso Galileo, la actitud normal entre los católicos fue intentar comprender la ciencia en sus detalles más profundos para encontrarse con el Misterio. En remontar la realidad física hasta la trascendente.

La relación entre la Religión y la Ciencia es muy importante para nosotros, los católicos y los religiosos en general. Algunos de los avances más significativos en la comprensión del universo como el heliocentrismo o la la teoría del Big Bang, se deben a personas de conocida religiosidad. El mismo Galileo, a pesar de lo que se diga en algunos ambientes o en los medios de comunicación, era un católico práctico. Son muchos también los encuentros y diálogos entre grandes científicos con diferentes convicciones religiosas o bien ateos y científicos católicos.

Volver al índiceEl fin del Universo

¿Cuál es el fin del Universo? A mi entender, el fin del Universo, ocurra lo que ocurra físicamente, será la apertura completa a la trascendencia. No se trata de un fin, sino de una finalidad.

Para un hombre de fe, el fin trascenderá todo lo material. No importa el cómo. Desde la ciencia, aunque se especule con hermosas construcciones matemáticas, tampoco se sabe cómo será y mucho menos por qué. Sin embargo, desde la escatología cristiana, sí sabemos que el fin del universo será la realización plena de ese sentido que hoy adivinamos, en el que creemos y que nos permite obrar en consecuencia, para bien de todos nuestros hermanos, los hombres.

Según nuestra concepción, en el final de los tiempos terminará nuestro conocimiento parcial y veremos a Dios tal cual es (1 Cor. 13,12). Dios entonces habrá conducido su creación hasta el reposo definitivo y la gloria para la cual ha creado el Universo, con nuestro Cielo, con la Tierra y con todos nosotros en la cumbre de la creación, permitiéndonos comprenderla y colaborar con ella (Catecismo, 314).

En la ciencia, para explicar la evolución del universo, es necesario unir nuestros conocimientos sobre lo más pequeño, las partículas elementales y sobre lo más grande, los cuerpos de la astrofísica: planetas, estrellas y galaxias. Para explicar el sentido de la evolución de la vida inteligente sobre la Tierra, vemos aquí, que también necesitamos unir lo más grande y lo más pequeño: Dios y el hombre. El hombre carece de sentido sin Dios, queda reducido a una fluctuación sin razón en el universo.

Ocupamos un lugar privilegiado en el Universo: el planeta Tierra. Muchos analizan desde la ciencia misma la causa y justificación de ese privilegio, tratando de calcular la probabilidad de aparición de vida inteligente en otros rincones del universo. Esa probabilidad, al parecer, es bastante baja. La tierra es un planeta habitable, al borde de un brazo de una galaxia, parte de un universo con sus constantes cosmológicas finamente ajustadas para la vida. Y es a la vez, un atalaya que permite observar su sistema planetario, la forma de su galaxia y hasta “los bordes” del universo. Es decir, con las bases para formar en su inteligencia, una cosmovisión científica. Una visión bastante ajustada de la totalidad.

Pero desde la perspectiva que estamos analizando aquí, la razón de ese privilegio trasciende lo físico y lo natural, porque este lugar donde vivimos, es el lugar del encuentro del hombre con su Creador. Aquí el Verbo se hizo Carne y habitó entre nosotros. Él establece nuestra dignidad como criaturas. Porque al principio, antes de la Creación, el Verbo ya era.

Esa es nuestra fe.



Esta es una estrella de la muerte, se llama WR104, no es como Star Wars, es de verdad, está apuntando a nosotros como una pistola a una persona, liberará rayos gamma y radiación hacia la tierra.

WR104 contra la tierra.






Galaxia del sombrero

Galaxia del remolino

Nuestra vecina andrómeda

Nuestra galaxia via láctea

galaxia del triángulo or messier 33 or ngc 598 galaxia


Saturno visto desde Titán, la estrella del mismo.

Neptuno, acá el frío es pufff.

Júpiter.

Espero que les guste mi post, saludos!

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