Nota sobre la historia del tiempo presente

Nota sobre la historia del tiempo presente

Ilán Semo

El término transición, que estuvo tan en boga en los años 80 y 90 del siglo pasado para definir las expectativas que se abrían ante el país frente a la posible derrota del septuagenario Partido Revolucionario Institucional en las elecciones presidenciales, ha perdido hacia 2010 toda significación o eficacia explicativas. Si por transición se entendía el paso gradual, no violento y cuasi institucional de un viejo orden político a un nuevo orden, lo que ha pasado en México en las dos décadas pasadas difícilmente puede admitir el correlato de una novedad semejante. Un inesperado giro que sucede frecuentemente con los conceptos destinados a codificar las relaciones entre el pasado y el futuro en el momento en el que el presente sólo se significa a sí mismo como un tiempo corrugado de cambios permanentes (y sin dirección ostensible).

El dilema de quienes se dedican a la escritura de la historia del tiempo presente, es decir, el estudio de la historia de los vivos, reside en que muchas veces sabemos cuando comienza una ruptura con el pasado, pero nunca cómo y de qué manera habrá de culminar. La historia del tiempo presente es, en cierta manera, como los matrimonios: se sabe dónde comienzan, pero no cómo ni cuándo terminan.

Todo parece indicar que después de una década de administraciones panistas, la mayor parte de las prácticas sociales, las mentalidades y las percepciones que rigen a la sociedad mexicana se encuentran todavía firmemente ancladas en las fábricas culturales y políticas del antiguo orden. En pocas palabras: lejos de habernos adentrado en una transición, nos encontramos en un plano de inmanencia cada vez más erosionado del viejo orden; léase: no lo hemos abandonado. Las reformas (sustanciales, por cierto) que trajo consigo la alternancia en el poder presidencial no sólo no modificaron ese orden, sino que probablemente han conducido a prolongar su ya longeva existencia, que en estas circunstancias no significa más que continuar o extender el proceso de su decadencia.

En la historia moderna hay ejemplos cuantiosos de fenómenos similares. En los años 20, Checoslovaquia prometía convertirse en el gran milagro europeo. Fue algo que simplemente no sucedió. En los mismos años, Argentina aparecía incluso como una alternativa a Estados Unidos por su prometedora bonanza. Esos sueños fueron sepultados por el despliegue regresivo del peronismo. La relevancia de estos paralajes reside en que una sociedad, Marx dixit, sólo se plantea como factibles los problemas que puede resolver y no los que vienen simplemente a su imaginación.

En qué medida el horizonte de estos problemas acecha, hoy bajo el espectro de la decadencia, a la sociedad mexicana es una pregunta ciertamente abierta. Pero una pregunta que antecede cualquier reflexión política que aspire a un mínimo rigor. Enumero tres aspectos que la hacen de una u otra manera plausible o pensable.

En primer lugar, en un lapso de 25 años, es decir, a partir de las reformas de 1985 que abren el mercado financiero a la especulación, la economía ha crecido a un promedio anual menor a 2 por ciento. Aunque carecemos de estadísticas económicas confiables por la cuantiosa e indatable migración ilegal a Estados Unidos, el crecimiento económico per capita ha sido insignificante. Responsables de ese hecho son, aunque no exclusivamente, los grupos de empresarios que dominan a la economía desde el 85. Los mismos grupos que la siguen gobernando hoy. Si no han logrado transformar el aparato productivo en 25 años, ¿por qué lo habrían de hacer en la próxima década?

En segundo lugar, el proceso de democratización que llevó al PAN a Los Pinos ha sido cancelado en lo esencial por la guerra contra el narcotráfico. En cuatro estados del país (Chihuahua, Tamaulipas, Nuevo León y Michoacán) y otras regiones no tan menores una parte importante de los procesos electorales (financiamiento, candidaturas, campañas, etcétera) se disputa ya no por medio de los métodos tradicionales del clientelismo, sino textualmente a balazos.

En tercer lugar, la educación en sus diversos niveles (estancias familiares, jardines de niños, preprimarias, primarias, secundarias, preparatorias y universidades) se encuentra hoy surcada por un atomizado conjunto de escuelas privadas. El dilema no es la educación privada en sí. Pero bajo el actual régimen jurídico e institucional que priva en nuestro orden educativo, la educación privada deviene inevitablemente una forma de hacer negocios con la educación. Y si hay algo en la sociedad que debe mantenerse lejos del mercado, principio que acepta incluso el más radical de los liberalismos, es precisamente la educación.

La imposibilidad de revertir estas tres tendencias hablaría en sí de una forma ya de decadencia. Y el mayor desacierto sería pensar que para escapar a este horizonte sólo se podrían esperar soluciones de acontecimientos nodales (como una elección presidencial o reformas generalizadas). Por el contrario, es en la maquinaria de las pequeñas, pero muy concretas transformaciones que la sociedad puede urdir donde se encuentran acaso las salidas a este laberinto.

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