El secreto de la vida

El secreto de la vida
Javier Flores
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Jorge Lakhovsky, en el oscilador con longitud de ondas múltiples, en los años 40
L

legó a mis manos el libro titulado El secreto de la vida: las ondas cósmicas y la radiación vital, cuyo autor es Jorge Lakhovsky. Se trata de una reimpresión que se hace en México, por la Fundación para el Bienestar Natural, de una obra que fue publicada por primera vez en idioma español en Madrid, en 1929. Si bien algunas de las tesis que sostiene el autor pueden ser muy discutibles a la luz del conocimiento actual, tiene un valor histórico, y es exclusivamente en esta dimensión en la que me gustaría referirme a él.

Una de los méritos principales de la obra de Lakhovsky es su interés por unir los conocimientos generados por la física de su época –particularmente los estudios acerca de las radiaciones– con la biología. En este sentido constituye uno de los esfuerzos realizados en los inicios del siglo XX para unir estas dos disciplinas.

Nacido en 1870 en Illia, Rusia, Lakhovsky emprendió estudios de ingeniería en Odesa y luego emigró a París, donde realizó estudios de medicina y adoptó la nacionalidad francesa. La tesis principal del autor consiste en observar a la célula, unidad básica de los seres vivos, como un elemento eléctrico capaz de absorber y emitir radiaciones de muy alta frecuencia.

Este principio condujo a Lakhovsky a crear una teoría sobre la enfermedad, a la que considera el resultado de un desequilibrio oscilatorio de las células por causas exteriores. Por ejemplo, en el caso de las enfermedades infecciosas, la explicación que ofrece es la de una lucha entre la radiación microbiana contra la radiación celular. El autor señala: “Si la radiación microbiana triunfa, es la enfermedad –y al fin de la resistencia vital– la muerte. Si la radiación celular prevalece, es el retorno a la salud”.

Estos principios son empleados por el autor para explicar diversas enfermedades, entre ellas el cáncer. Lakhovsky compara la célula neoplásica con un microbio cuya frecuencia de oscilación –como la denomina el autor– es distinta a la de las células sanas. Las células nuevas (neoplásicas) obligan a oscilar a las sanas a la frecuencia de las primeras, transformándolas así en células cancerosas, lo que explicaría el progreso de la enfermedad.

De ahí el paso siguiente es claro pues, desde el punto de vista terapéutico, habría que introducir por medios externos frecuencias de oscilación capaces de mantener a las células sanas al margen de las influencias nocivas de la radiación ejercida por las células enfermas, buscando restablecer o activar la oscilación celular normal. Para ello Lakhovsky crea un instrumento, al que denomina radio-célulo-oscilador, con el que logra producir la radiación deseada. En algunas experiencias, realizadas en tumores experimentales inducidos por bacterias en plantas, el autor reporta en su libro resultados positivos. La teoría de Lakhovsky resulta muy ambiciosa, pues atribuye una misma causa a prácticamente todas las enfermedades, desde las infecciosas hasta las degenerativas.

Resulta chocante realizar una crítica furibunda a trabajos antiguos como el que comento, pues todos tienen un valor histórico y representan un esfuerzo intelectual valioso, aunque en muchos aspectos puedan presentar fallas evidentes cuando son juzgados desde el conocimiento actual.

El problema principal que presenta la tesis de Lakhovsky –que no es menor, pues es en lo que basa toda su teoría– es que en su momento no pudo medir la radiación celular, los cambios eléctricos producidos por la enfermedad ni las variaciones posteriores al empleo del equipo diseñado para restablecer la frecuencia de oscilación. A cambio, el autor ofrece una esperanza: “Estoy convencido –dice– de que se llegará a conocer, a medir y a regular la capacidad y la longitud de onda de las células: cuando llegue ese día no habrá razón para que no se prolongue la duración de la vida humana hasta límites actualmente insospechados”.

Esta carencia es reconocida en todo momento por el propio autor. En las conclusiones de su libro se dirige a los hombres de ciencia: “A esos investigadores les pido que secunden mis esfuerzos para encontrar el ojo, el objetivo, el aparato que nos falta para detectar las radiaciones desconocidas de que hablamos…”

En el libro hay una combinación de elementos científicos, filosóficos y metafísicos, lo que ilustra el camino que tomaron algunas líneas de conocimiento en los inicios del siglo XX que no desembocaron propiamente en un territorio claramente científico. Se trata de un planteamiento teórico, acompañado de algunas experiencias exitosas en el campo clínico que en su momento no pudieron ser explicadas desde la medicina científica y, por tanto, se situaron al margen de ella. En mi opinión el valor de esta obra recientemente reimpresa es principalmente de carácter histórico.

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