Lo mexicano musical

Lo mexicano musical

Juan Arturo Brennan

Mal que mal, y con el motivo (¿excusa?) de las malhadadas y dispendiosas celebraciones centenarias y bicentenarias, las semanas recientes han atestiguado un cierto auge en la ejecución de partituras mexicanas a cargo de varias de nuestras orquestas.

Sea cual fuere el origen de este auge, su resultado neto es ciertamente positivo, sobre todo en el contexto de un ambiente que en general suele ser poco propicio para la música mexicana de concierto.

Va en seguida un compacto inventario de algunas de las músicas mexicanas que en buena hora han resonado en estos tiempos.

A pesar de la frivolidad apabullante que rodeó a sus conciertos, resultó más que interesante escuchar a Alondra de la Parra al frente de su Filarmónica de Las Américas en sus ejecuciones de la potente Segunda sinfonía de Federico Ibarra y un bienvenido rescate de las Imágenes, de Candelario Huízar.

A su vez, la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), con Jesús Medina en el podio, inició temporada con un concierto 100 por ciento mexicano en el que destacó el injustamente ignorado y espléndido poema sinfónico Bosques, de José Pablo Moncayo.

A la semana siguiente, bajo la batuta de Román Revueltas, la propia OFCM hizo otro programa mexicano que incluyó la novedad de la descriptiva y cuasi-impresionista obra Cañón Huasteca, de Paulino Paredes, y el estreno de Laberinto de espejos, de Eduardo Angulo, obra expertamente orquestada y con un movimiento final inesperadamente optimista, considerando que el tema de su música y su texto es el estado atroz de la nación en estos tiempos.

La OFUNAM, por su parte, hizo el estreno (ya glosado en este espacio) de la sólida Cuarta sinfonía de Federico Ibarra y, más recientemente, realizó la primera ejecución de la ambiciosa obra Luz de lava, de Gabriela Ortiz.

Aquí, la compositora despliega con mano segura un variado arsenal de recursos y lenguajes (impresionismo, tropicalismo, orientalismo discreto, apuntes de minimalismo, posmodernidad multirreferencial inequívoca), todo urdido con eficacia singular y con resultados muy personales.

La Orquesta Sinfónica del Instituto Politécnico Nacional ha contribuido también a esta abundancia tópica de música mexicana, ofreciendo funciones de la ópera La Güera Rodríguez, de Carlos Jiménez Mabarak, y proponiendo obras mexicanas en la mayoría de sus programas de esta temporada, con la inclusión de compositores poco visitados como Gina Enríquez, Isaías Barrón y Alfonso de Elías. En su reciente temporada de verano, la Sinfónica de Minería retomó la Paráfrasis sobre la ópera Aura, de Mario Lavista, un par de poco difundidas piezas corales de Carlos Chávez, y realizó el exitoso estreno absoluto de los Tres laberintos concertantes, de Samuel Zyman.

La Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), además de atender con asiduidad el centenario de Blas Galindo con algunas obras suyas (otras orquestas también lo han hecho), estrenó con Eleanor Weingartner como solista el Concierto para clarinete, de Eugenio Toussaint, obra nueva basada en materiales antiguos muy bien retrabajados, y con un movimiento central de un lirismo hasta cierto punto atípico en la producción de Toussaint.

Días después, la OSN y José Luis Castillo ofrecieron una deliciosa y didáctica combinación de dos obras muy poco difundidas de Silvestre Revueltas, que comparten mucha materia musical: Itinerarios, y Un canto de guerra de los frentes leales. Confirmación, por si hacía falta, de que Castillo se ha convertido en uno de los más importantes y lúcidos paladines de la música de Revueltas.

Y con Juan Carlos Lomónaco en el podio, la OSN hizo el tradicional concierto anual para la Academia de Artes, con un variado programa a base de Galindo, Ibarra y Lavista.

De aquí a diciembre, quedan pendientes algunos estrenos absolutos que recomiendo enfáticamente no perderse, de obras nuevas de Marcela Rodríguez, Gabriela Ortiz, Arturo Márquez, Leonardo Coral, Jorge Torres Sáenz. Esta es la música que más nos importa, y es preciso estar cerca de ella. Ojalá que una vez terminado el horrendo espejismo de 2010 no volvamos al esquema Beethoven-Brahms-Chaikovski de costumbre.

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